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Aperitivos Literarios

Un popurrí de textos sobre el placer de la lectura,
para abrir el apetito literario

(…) Leer en voz alta una historia es la primera forma de la comunicación. Un grupo de gente, alrededor del fuego, escuchando a uno que habla, que cuenta algo; así fue el principio. Después nos pusimos exquisitos, y ahora tuiteamos, blogueamos, podcasteamos, mandamos mensajes de voz de móvil a móvil, yo le dicto millones de bytes a un iPhone, (…) Todo lo que quieran. Pero en realidad lo que hicimos este año, durante ciento diecisiete mediodías, fue sentarnos alrededor del fuego a escuchar historias. Así empezó todo, y seguimos igual.

Hernan Casciari
Leer en Voz Alta

“Sinceramente, creo que no hay absolutamente nada como ir a la cama con un buen libro.
O con un amigo que haya leído uno”

Phyllis Diller

(…) Sentirme cómodamente sentado, percibir el buen olor del aire; no verme molesto por ninguna visita, y cuando daba la una en el campanario de San Hilario, ver caer trozo a trozo aquella parte ya consumada de la tarde, hasta que oía la última campanada, que me permitía hacer la suma de las horas; y con el largo silencio que seguía, parecía que empezaba en el cielo azul toda la parte que aun me era dada para estar leyendo hasta la hora de la abundante cena que Francisca preparaba y que me repondría de las fatigas que me tomaba en la lectura para seguir al héroe. Y a cada hora que daba parecíame que no habían pasado más que unos instantes desde que sonara la anterior; la más reciente venía a inscribirse en el cielo tan cerca de la otra, que me era imposible creer que cupieran sesenta minutos en aquel arquito azul comprendido entre dos rayas de oro. Y algunas veces, esa hora prematura sonaba con dos campanadas más que la última; había, pues, una que se me escapó, y algo que había ocurrido, no había ocurrido para mí; el interés de la lectura, mágico como un profundo sueño, había engañado a mis alucinados oídos, borrando la áurea campana de la azulada superficie del silencio. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño del jardín de Combray; tardes de las que yo arrancaba con todo cuidado los mediocres incidentes de mi existencia personal, para poner en lugar suyo una vida de aventuras y de aspiraciones extrañas, en el seno de una región regada por vivas aguas; todavía me evocáis esa vida cuando pienso en vosotras; esa vida que en vosotras se contiene, porque la fuisteis cercando y encerrando poco a poco mientras que yo progresaba en mi lectura e iba cayendo el calor del día en el cristal sucesivo, de lentos cambiantes, y atravesado de follaje, de vuestras horas silenciosas, sonoras, fragantes y limpias!

Marcel Proust
En busca del tiempo perdido

“Aprender a leer es encender un fuego; cada sílaba que se deletrea es una chispa”

Víctor Hugo

(…) En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos. Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten una historia, y la siguiente, y otra más.

Paul Auster
Discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias (fragmento)

“Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?…
Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro.”

Franz Kafka

La biblioteca en la que ahora mismo escribo el texto que les estoy leyendo contiene algunos libros que ya estaban allí cuando tenía once años, en ediciones algo manoseadas, y otros que llenaron tardes de verano de hace treinta años. Se ven enriquecidos por algunas manchas de café, de vino, o de ceniza de tabaco. Me gustan estas manchas, como me gusta encontrar una carta de un amigo de hace tiempo o un recuerdo feliz. También contienen algunas notas a lápiz, siempre a lápiz, en las que manifiesto estupor, o entusiasmo, rechazo o aplauso o fervor por lo que acabo de leer. Me reencuentro y dialogo conmigo cuando tenía muchos menos años, con resultado irregular. A fuerza de recorrerlos, algunos de los poemas que contienen han quedado grabados en mi memoria sin haberlo pretendido, y aparecen de manera gozosa cuando menos se les espera. Se han adherido a mí como se adhiere el sol a la piel, cambiando su tonalidad. La diferencia con el tinte de la piel es que esta tonalidad no desaparece con los fríos del invierno. Al contrario: los atempera y los conjura. Como la música, son capaces de envolver un estado de confort que sería difícil conseguir sin su concurso.

Jaume Vallcorba
La pasion del editor (fragmento)
El País 30.08.14

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